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LUCES DE SODOMA

Nubes

Yo tambien os adoro, santas nubes, y quiero responder a vuestros truenos
a ello me obligan el miedo y el temblor;así que sea o no lícito, quiero desahogarme
ARISTOFANES-Las Nubes

Las Nubes son la extensión de nuestras vidas, las masas encefálicas, cabezas pensantes del infinito cielo que transportan es su parte de nuestras historias, acariciando montañas que se elevan profiriéndolas el amor que ostentan.
Sus colores son las tonalidades de la noche y el día.
Su paso lento y medroso hasta que pierden la razón de su existencia y tienden a desaparecer.
Las nubes son la vida de nuestros cielos, las compañeras de nuestras tardes nostálgicas, son ancianas conocidas de la infancia. Mirándolas podemos ver el tiempo que nos espera.
Son las primeras que vemos amanecer cuando nos asomamos por la ventana. Son ellas, son melancólicas, su dispersión embriaga, son ellas blancas o azules, moradas, quizá solo sean eso, Nubes.Nubes que atraviesan poblando el cielo de adoquines nublados y esponjosos que todos queremos alcanzar y saborear con la palma de las manos algún día.
Cuando sobrevuelan las tardes y tiñen las noches guardando entre sí la luna que pretende brillar en la noche, o el sol que lucha a destiempo con ellas en tardes aciagas y pasajeras en las que el otoño es ya una realidad.
Cuando el sol vence, las nubes se paran cerca de el sintiendo, regocijándose en su calor de antaño.
Las nubes avanzan con el paso ligero de los batallones en tierra desconocida, juntas pero con la medida exacta de separación para protegerse de cualquier emboscada.
Avanzan a paso ligero sin saber que las aguarda en el siguiente paso reptando como animales de sangre fría, observan desde ahí arriba sin declarar en nosotros el miedo a que se desplomen.
En ellas van nuestros días, nuestras miradas, nuestras vidas, nuestros pensamientos más íntimos, nuestras lágrimas que absorben como esponjas de baño para más tarde derramar allí donde un poco de dolor es necesario.
Si las ancianas nubes avanzan, nuestras vidas avanzan, el estancamiento siempre es sinónimo de fracaso.
A lo lejos el horizonte es el párpado que acogen las nubes en su pupila. Montículos algodonosos que repueblan los cielos con su silencio asesino, transformando las tardes en escenarios de crímenes pasajeros donde la cárcel espera más allá de las montañas, más allá de nuestras vidas, allí donde la nada resulta un todo difícil de remediar, cuando sin querer los barrotes bajan atrapándonos en sus días oscuros y fríos sin lana que cobijar nuestras pasiones.
El viento es el motor de explosión que mueve a estas silenciosas compañeras que poco a poco se adueñan del día, aplacando la luz del luminoso farol de la tarde, su oscuridad da miedo.
Es como estar en un mundo donde el cielo se ha puesto la coraza para la dura batalla del anochecer.
Ellas de nuevo no podrán vernos, porque la noche se acerca y estos cabellos revueltos de nuevo impiden ver más allá de ellos.
Cuando miras a las nubes con los ojos limpios puedes ver en ellas los perfiles, las formas, las caras que tu memoria rescata del trágico recuerdo que se empaña de memoria.
Fijándose en ellas aquellas orejas de conejo que te renuevan la niñez, o aquella cara o esos ojos que se nublaron al verte. Las nubes son quizá espejos donde reflejar las vidas.
Pero cuando las nubes presencian horrores, sienten el odio, la maldad con que los hombres se tratan entre sí, las nubes sienten en su sangre fría, el miedo, el daño del dolor. Las nubes lloran, es lo que llaman Lluvia; las nubes lloran cuando sienten el dolor y el odio que sube hasta ellas como un olor extraño, es un sentimiento que se eleva a ellas y su forma de responder es intentar limpiar eso con sus lágrimas.
Son ellas, son las guerreras de un cielo que se conocen palmo a palmo atravesando continentes por los raíles del cielo. Hay nubes españolas, finlandesas, francesas, rusas, alemanas y americanas, todas se conocen y hablan el mismo idioma el del silencio, aunque a veces pecan de orgullosas provocando tediosos enfados entre ellas, luchan con sus aceros invisibles de los que saltan chispas que a veces pueblan de luces las noches engalanadas de rayos luminosos, sus voces tenebrosas se oyen a lo lejos, los gritos de dolor que colman la lucha, la diatriba preferente y sumaria de los días de tormenta.
Sus heridas se engalanan de dolor desconocido, derramando una mágica sangre transparente cuando vencedores y vencidos se conocen entre sí; pensar que incluso la maldad vive entre las nubes es cierta, pero nada comparable a la que todos los humanos conocemos, esa no conoce límites y su sangre tiene color.
Los mitos se han apoderado del valor simbólico de mis amigas silenciosas y hojas perennes del infinito cielo por el que surcan los mares como veleros agónico en busca del oro profundo de los corazones arrancados a los tiempos pasados; quien no recuerda a esos niños angelicales que viven entre ellas, esos angelitos meones con alas relucientes o esa cigüeña picuda que transporta los hijos de las felices parejas que supuestamente los han encargado al país de los perfumes y el glamour, el país donde se fabrican todo tipo de niñas y niños, París, esas que atraviesas las nubes para entregárselos a sus padres sanos y salvos sin pedirles nada a cambio y el pequeño que siempre traerá un trozo de nube en sus manos.
Nunca he conocido a ningún valiente capaz de seguir a las nubes, caminar con ellas a su lado, ver cual es su destino, conocer el camino que siguen las nubes y ver hasta donde llegan en su empeño. Sería bonito conocer el camino de las nubes.
Bien podrían ser las columnas imperiales del cielo, las ruinas griegas de un cielo que ha soportado años, siglos y los rigores de la humanidad.
La atmósfera se destruye con los gases contaminantes y nadie lo remedia. Las nubes quieren acabar con el odio de tiempo y no pueden dejar de existir entre nosotros.
Que derriben imperios de un mar, monarquías de un beso, dijo Luis Cernuda, que derriben imperios de un cielo, monarquía de nubes, diré yo.
Ese estado en el que su esponjosidad suena a sentencia que el viento trae a los cielos, cubriendo el mundo con su manto fraternal a través del cuál nuestra vista no atraviesa para poder mirar a los ojos de la luna. Las nubes conocen solas el camino de ida y vuelta, ellas nunca se pierden cuando emprenden un viaje. En ellas muchas veces nuestras vidas se han perdido sin encontrarse.
Observas anhelando los tiempos pasados que nunca vuelven aunque todos seamos hijos de una madre a la que querer, como hijos de nubes inciertas que noche y día proclaman libertad a las puertas de los centros penitenciarios, de rocosidades fugaces que no nos dañan ningún misterio.
Embriagarme de nubes en tardes desdichadas resulta una perdida de tiempo pero mirar a los cielos y observar el paso de las nubes enseña a los ojos a mirar, a mirar sin recelo a los ojos que luego se aproximen, y aprender a mirar debería ser un nuevo oficio que reconocer.
Manuel Rivas, escritor de escritores, quizá el sustituto de Cela que hizo ya el viaje definitivo como el poema de Juan Ramón Jiménez, está muy acostumbrado a decir que le gustaría que le calificaran y en ciertas ocasiones admite ser un Pintor de Nubes.Pintar nubes sería una licenciatura con un examen de preselección difícil de pasar, no apta para seres que no van mas allá de la marca del coche que conducen o sacar dinero de un cajero automático.
Ser pintor de nubes desde mi humilde impresión requiere el formalismo de agradecer al cielo esas imágenes de las que quizá Manuel Rivas como escritor vea en ellas como algo más de lo que son.
Reconozco que a mí también me gustaría ser pintor de nubes, pintarlas de todos los colores, amarillas, rojas, azules y poner a cada una un nombre que las diferenciara.
Quizá las nubes lleven en sí enigmas que descifrar señales en un mundo en el que pasar desapercibidas porque ya son viejas conocidas.
Si es cierto que en tiempos de sequía estamos acostumbrados a rogar al cielo su clemencia, sacar a todos los santos de paseo y rogar a Dios, cuando este está en otras cosas más importantes, que el agua mane de las intrépidas nubes como si ellas tuvieran la culpa o fueran dueñas de alguien cuando realmente estamos equivocados. Las nubes gozan de la libertad incondicional noche y día y si ellas no dan lo que todos esperan de ellas será porque ellas también gozan de sus propios enfados, enfados con la humanidad que las atraviesa en sus batallas, en sus viajes de placer y odio en aviones de inmensas dimensiones e ingentes cantidades de pasajeros para los que el miedo no es nada y la confianza demasiado.
Las nubes transportan sonidos, ilusiones y ruegos a otros mundos, protegiendo a los desprotegidos dándonos la imaginación exacta para volver a soñar cuando
ante nosotros se paran como una fina sábana que no llega a cubrirnos.
Juegan como niños cuando nadie las ve, sus juguetes son ellas mismas en un escondite que no es tal. Juegan a tomar diversas formas, alargadas, diminutas, caras enfadas, barbas enormes ellas siempre juegan a ser ellas mismas, cuando sienten la felicidad que reside allí abajo donde ellas no llegan.
Buscan sitios en los que sentirse queridas, admiradas y felices, donde juegan sin peligros, por eso emigran dulcemente, surcando ciudades, capitales, provincias y países encontrando el lugar exacto donde cohabitar, donde vivir.
Hay días en los que las nubes parecen caminos por los que emigrantes descoloridos que no saben ni siquiera a donde van, perderse parece el fin al que todo emigrante aspira.
Allí donde residen las nubes, reside el paraíso del silencio, la soledad, el eterno orgullo y el placer inquisitivo de sentirse solo mirando agradablemente ver pasar el tiempo, que va en ellas, los años que han experimentado; si tuvieran ojos sólo una mirada bastaría para decirnos la solución a cualquier problema. No le hacen falta, nos bastan sus sentimientos que se captan cuando uno las mira esperando sosiego a cambio.
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